Investigadores chinos recuperan el 95% del litio de baterías usadas usando solo CO₂ y agua, sin químicos tóxicos ni calor

Podría recuperar más del 95% del litio, similar a los métodos tradicionales pero sin usar químicos agresivos.
Internacionales23/01/2026Minería SustentableMinería Sustentable
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Investigadores de la Academia China de Ciencias y del Instituto de Tecnología de Pekín han demostrado que una mezcla de dióxido de carbono y agua puede extraer hasta el 95 % del litio de baterías usadas, al mismo nivel de eficiencia que los procesos industriales más agresivos, pero con un perfil ambiental radicalmente distinto.

La imagen es sencilla. CO₂ burbujeando en agua, como un refresco. Ese gas disuelto forma un ácido carbónico muy débil, apenas lo justo para “despegar” el litio de los cátodos de las baterías. Sin temperaturas extremas, sin ácidos fuertes, sin nubes químicas que obliguen a aislar plantas enteras. Todo ocurre a temperatura ambiente y presión normal. En el laboratorio, el proceso funciona con una suavidad que contrasta con la dureza de los métodos tradicionales.

El contexto lo hace aún más relevante. Las previsiones internacionales apuntan a cientos de millones de toneladas de residuos de baterías de litio antes de mitad de siglo, impulsadas por la electrificación del transporte, el almacenamiento estacionario y la electrónica de consumo.

Cada batería que acaba en un vertedero o se procesa con técnicas contaminantes no solo desperdicia un recurso estratégico, también añade presión sobre ecosistemas que ya sufren por la minería intensiva de litio en salares, acuíferos y zonas frágiles.

Recuperar sin ensuciar

Los sistemas convencionales de reciclaje funcionan, pero lo hacen a base de altas temperaturas, reactivos corrosivos y consumo energético elevado. Es la paradoja de una tecnología “verde” que, al final de su vida útil, puede dejar una huella poco limpia.

El método chino rompe esa lógica con un enfoque más cercano a la química blanda que a la metalurgia pesada. El litio se disuelve primero. Luego, entra en juego la segunda parte del proceso: los metales restantes del cátodo —cobalto, níquel y manganeso— no se tiran ni se funden sin más. Se transforman en catalizadores que pueden emplearse en reacciones energéticas y químicas, desde procesos industriales hasta aplicaciones en tecnologías de conversión energética.

Y hay un giro adicional que no pasa desapercibido. Parte del CO₂ queda químicamente atrapado en subproductos sólidos. No vuelve a la atmósfera. Es una forma modesta, pero real, de secuestro de carbono integrada dentro de una cadena de reciclaje.

De residuo a recurso estratégico

Este tipo de planteamiento encaja con una tendencia más amplia que ya se ve en Europa, Corea del Sur o Japón: tratar las baterías como “minas urbanas”. En lugar de extraer materiales vírgenes de la tierra, se recuperan de dispositivos que ya están circulando en la economía.

En la Unión Europea, por ejemplo, el nuevo Reglamento de Baterías obliga a que las baterías comercializadas incluyan porcentajes mínimos de materiales reciclados en los próximos años, y exige trazabilidad y recogida casi total de los residuos. Métodos como este podrían facilitar cumplir esos objetivos sin disparar los costes ambientales ni energéticos del reciclaje.

En China, donde la flota de vehículos eléctricos crece a un ritmo difícil de igualar, la presión es doble: asegurar suministro de materiales críticos y gestionar montañas de baterías al final de su vida útil. Un proceso barato, seguro y escalable no es solo una innovación técnica, es una pieza geopolítica dentro de la cadena global de energía limpia.

¿Puede salir del laboratorio?

La gran incógnita sigue siendo la misma que acompaña a casi todas las buenas ideas en ciencia de materiales: la escala industrial. En una planta real cuentan los tiempos de proceso, el volumen que puede manejarse por hora, la estabilidad de los reactores, el coste por kilogramo recuperado. Hoy, este método ha demostrado su eficacia en condiciones controladas, pero todavía no ha pasado por la prueba de una línea de reciclaje funcionando día y noche.

Los operadores actuales, con inversiones millonarias en hornos, reactores químicos y sistemas de tratamiento, no van a cambiar de tecnología de la noche a la mañana. Pero si los números cuadran, el atractivo es evidente: menos riesgos laborales, menos consumo energético, menos residuos peligrosos y, además, un subproducto con valor añadido en forma de catalizadores.

Potencial

Este método apunta a un modelo donde las baterías no se “agotan”, sino que cambian de forma dentro del sistema energético. El litio vuelve a nuevas celdas. Los metales se convierten en catalizadores para procesos industriales o tecnologías limpias. El CO₂ se inmoviliza en sólidos en lugar de escapar al aire.

A corto plazo, puede ser una herramienta para que ciudades y regiones con flotas crecientes de vehículos eléctricos gestionen sus propios residuos tecnológicos de forma segura. A medio plazo, puede integrarse en políticas públicas de reciclaje obligatorio y contenido mínimo reciclado, reforzando la autonomía material frente a mercados volátiles.

Y, en el plano cotidiano, acerca la transición energética a algo más tangible: saber que la batería que hoy impulsa un coche, una bici eléctrica o un sistema solar doméstico no termina como basura tóxica, sino como materia prima para la siguiente generación de tecnologías limpias. Un ciclo que se cierra. Sin ruido. Sin humo. Solo burbujas.

Fuente: ecoinventos.com

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